Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Maese Jacques! —gritó—. ¡Dejad que la fatalidad actúe!
El procurador se volvió, espantado. TenÃa la sensación de que una tenaza de hierro le habÃa cogido el brazo. La mirada del sacerdote estaba fija, huraña, encendida, y permanecÃa pendiente del pequeño y horrible grupo formado por la mosca y la araña.
—¡Oh, sÃ! —continuó el sacerdote con una voz que parecÃa salir de sus entrañas—. He aquà un sÃmbolo de todo. Vuela, está alegre, acaba de nacer; busca la primavera, el aire libre, la libertad. ¡Oh, sÃ! ¡Pero si choca con el rosetón fatal, sale la araña, la repugnante araña! ¡Pobre bailarina! ¡Pobre mosca predestinada! ¡Maese Jacques, no intervengáis! ¡Es la fatalidad…! ¡Ay!, Claude, tú eres la araña. ¡Claude, tú eres la mosca también…! ¡Volabas hacia la ciencia, hacia la luz, hacia el sol, solo te preocupaba llegar al aire libre, a la blanca luz de la verdad eterna; mas, al precipitarte hacia la lucera deslumbradora que da al otro mundo, al mundo de la claridad, de la inteligencia y de la ciencia, mosca ciega, doctor insensato, no has visto esa sutil telaraña tendida por el destino entre la luz y tú, te has lanzado sobre ella a cuerpo descubierto, miserable loco, y ahora te debates, con la cabeza rota y las alas arrancadas, entre las antenas de hierro de la fatalidad…! ¡Maese Jacques! ¡Maese Jacques! Dejad que la araña actúe.