Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Os aseguro —dijo Charmolue, que lo miraba sin comprender— que no la tocaré. ¡Pero soltadme el brazo, maestro, por favor! Tenéis una mano que atenaza.
El arcediano no lo oÃa.
—¡Oh, insensato! —prosiguió, sin apartar los ojos de la lucera—. Y si hubieras podido romper esa tela temible con tus alas de mosquita, ¿crees que habrÃas logrado llegar hasta la luz? ¡Ay! Ese vidrio que está detrás, ese obstáculo transparente, esa muralla de cristal más dura que el bronce que separa todas las filosofÃas de la verdad, ¿cómo lo habrÃas atravesado? ¡Oh, vanidad de la ciencia! ¡Cuántos sabios vienen revoloteando de muy lejos a romperse la cabeza contra ella! ¡Cuántos sistemas revueltos se estrellan zumbando contra ese cristal eterno!
El sacerdote se calló. Estas últimas ideas, que lo habÃan trasladado insensiblemente de sà mismo a la ciencia, parecÃan haberlo calmado. Jacques Charmolue le hizo regresar a la realidad haciéndole esta pregunta:
—Entonces, maestro, ¿cuándo vendréis a ayudarme a hacer oro? Estoy impaciente por conseguirlo.
El arcediano movió la cabeza con una sonrisa amarga.
—Maese Jacques, leed a Miguel Psellus, Dialogus de energia et operatione daemonum.[103] Lo que hacemos no es en absoluto inocente.