Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¡Más bajo, maestro! Me lo figuro —dijo Charmolue—, pero es preciso hacer un poco de hermética cuando uno no es más que procurador del rey en la jurisdicción eclesiástica, con treinta escudos torneses al año. Simplemente, hablemos bajo.

En aquel momento un ruido de mandíbulas y de masticación procedente de debajo del hornillo llegó a los oídos inquietos de Charmolue.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Era el estudiante, que, harto incómodo y aburrido en su escondrijo, había acabado por encontrar un mendrugo y un trozo de queso enmohecido y se había puesto a comer ambas cosas sin miramientos, a guisa de consuelo y de almuerzo. Como tenía mucha hambre, hacía mucho ruido, y subrayaba fuertemente cada bocado, lo que había sobresaltado y alarmado al procurador.

—Es mi gato —se apresuró a decir el arcediano—, que debe de estar por ahí abajo dando buena cuenta de algún ratón.

Esta explicación satisfizo a Charmolue.

—Es verdad, maestro —contestó este con una sonrisa respetuosa—, todos los grandes filósofos han tenido su animal doméstico. Ya sabéis lo que dijo Servio: Nullus enim locus sine genio est.[104]


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker