Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Más bajo, maestro! Me lo figuro —dijo Charmolue—, pero es preciso hacer un poco de hermética cuando uno no es más que procurador del rey en la jurisdicción eclesiástica, con treinta escudos torneses al año. Simplemente, hablemos bajo.
En aquel momento un ruido de mandÃbulas y de masticación procedente de debajo del hornillo llegó a los oÃdos inquietos de Charmolue.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Era el estudiante, que, harto incómodo y aburrido en su escondrijo, habÃa acabado por encontrar un mendrugo y un trozo de queso enmohecido y se habÃa puesto a comer ambas cosas sin miramientos, a guisa de consuelo y de almuerzo. Como tenÃa mucha hambre, hacÃa mucho ruido, y subrayaba fuertemente cada bocado, lo que habÃa sobresaltado y alarmado al procurador.
—Es mi gato —se apresuró a decir el arcediano—, que debe de estar por ahà abajo dando buena cuenta de algún ratón.
Esta explicación satisfizo a Charmolue.
—Es verdad, maestro —contestó este con una sonrisa respetuosa—, todos los grandes filósofos han tenido su animal doméstico. Ya sabéis lo que dijo Servio: Nullus enim locus sine genio est.[104]