Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Te Deum laudamus![105] —exclamó Jehan saliendo de su agujero—. ¡Por fin se han ido esos dos mochuelos! ¡Och, och! ¡Hax! ¡Pax! ¡Max! Que si pulgas, que si perros rabiosos… ¡Qué demonios, estoy harto de su conversación! ¡Tengo la cabeza como un bombo! ¡Y por si fuera poco, el queso estaba enmohecido! ¡En fin! Bajemos, cojamos la escarcela del hermano mayor y transformemos todas estas monedas en botellas.
Dirigió una mirada de ternura y admiración al interior de la preciosa escarcela, se arregló un poco la ropa, se frotó las botas, sacudió sus pobres mangas con hombreras, cubiertas de ceniza, silbó una tonada, hizo una cabriola, examinó la celda por si quedaba algo que llevarse, cogió al tuntún de encima del hornillo unos amuletos de vidrio apropiados para regalárselos a guisa de joyas a Isabeau la Thierrye, y finalmente empujó la puerta, que su hermano habÃa dejado abierta como una última indulgencia y que él dejó abierta a su vez como una última travesura, y bajó la escalera circular dando saltitos como un pájaro.