Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Y sin añadir una palabra, vació la escarcela sobre un guardacantón cercano con los aires de un romano salvando la patria.
—¡Vive Dios! —masculló Phoebus—. ¡Tarjas, blancas grandes, blancas pequeñas, dineros parisienses, auténticos liartes…! ¡Es asombroso!
Jehan permanecÃa digno e impasible. Unos liartes habÃan caÃdo en el fango. El capitán, llevado por su entusiasmo, se agachó para recogerlos, pero Jehan lo retuvo.
—¡Quieto, capitán Phoebus de Châteaupers!
Phoebus contó las monedas y, volviéndose con solemnidad hacia Jehan, dijo:
—¿Sabéis, Jehan, que aquà hay veintitrés sueldos parisienses? ¿A quién desvalijasteis anoche en la calle Coupe-Gueule?
Jehan echó hacia atrás su cabeza rubia y rizada y dijo, entornando los ojos con gesto desdeñoso:
—¡Uno que tiene un hermano arcediano e imbécil!
—¡Cuernos! —exclamó Phoebus.
—¡Vayamos a beber! —dijo Jehan.
—¿Adónde vamos? —dijo Phoebus—. ¿A La Manzana de Eva?
—No, capitán. Vayamos a La Vieja Ciencia. Una vieja que sierra un asa. Es un jeroglÃfico, y los jeroglÃficos me gustan.[107]