Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Dejaos de jeroglÃficos, Jehan! El vino es mejor en La Manzana de Eva. Además, al lado de la puerta hay una parra al sol que me alegra cuando bebo.
—Está bien, ¡por Eva y su manzana! —dijo el estudiante—. Por cierto, mi querido capitán —añadió, cogiendo a Phoebus del brazo—, hace un momento habéis hablado de la calle Coupe-Gueule. Eso está muy mal dicho. Ahora ya no somos tan bárbaros. La llamamos calle Coupe-Gorge.[108]
Los dos amigos se pusieron en marcha. Huelga decir que antes habÃan recogido el dinero y que el arcediano los seguÃa.
El arcediano los seguÃa, sombrÃo y huraño. ¿Era ese el Phoebus cuyo nombre maldito, desde su conversación con Gringoire, aparecÃa en todos sus pensamientos? No lo sabÃa, pero, en cualquier caso, era un Phoebus, y ese nombre mágico bastaba para que el arcediano siguiera disimuladamente a los dos despreocupados compañeros, escuchando sus palabras y observando sus más mÃnimos gestos con atenta ansiedad. Por lo demás, hablaban tan alto, en absoluto incomodados por poner a los transeúntes al corriente de sus confidencias, que era facilÃsimo oÃr todo lo que decÃan. Hablaban de duelos, de mujeres, de bebidas, de locuras.
Al doblar una esquina, el sonido de una pandereta les llegó desde una calle vecina. Don Claude oyó al oficial decirle al estudiante: