Nuestra Señora de París

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—Perdón, mi buen camarada Jehan —exclamó Phoebus estrechándole la mano—, un caballo desbocado no para en seco. Y yo renegaba a galope tendido. Vengo de casa de esas mojigatas, y cuando salgo de ahí siempre tengo la boca llena de ternos. ¡Tengo que escupirlos, si no, me ahogaría, rayos y truenos!

—¿Queréis venir a echar un trago? —preguntó el estudiante.

Esta propuesta calmó al capitán.

—Quiero, pero no tengo dinero.

—¡Yo sí tengo!

—¡Bah! Veamos…

Jehan expuso la escarcela ante los ojos del capitán con majestad y sencillez. Mientras, el arcediano había dejado plantado al atónito Charmolue para dirigirse hacia ellos y se había detenido a unos pasos. Los observaba, pero los dos amigos estaban tan absortos en la contemplación de la escarcela que no se daban cuenta.

—Una bolsa en vuestro bolsillo, Jehan, es como la luna en un cubo de agua —dijo Phoebus—. La ves, pero no está ahí. No es más que su sombra. ¡Pardiós! ¡Seguro que son piedras!

—Estas son las piedras con las que he empedrado mi faltriquera —repuso fríamente Jehan.


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