Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El arcediano oyó toda esta conversación. Los dientes le castañetearon. Un escalofrío, perceptible a la vista, le recorrió todo el cuerpo. Se detuvo un momento para apoyarse en un guardacantón como si estuviera borracho y luego continuó andando tras los dos alegres bribones.
Cuando les dio alcance, habían cambiado de conversación. Los oyó cantar a voz en cuello la vieja canción:
En los Petits-Carreaux, los niñitos
acaban colgados como terneritos.