Nuestra Señora de París

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Por un resto de esa piedad fraternal que no abandona nunca el corazón de un bebedor, Phoebus hizo rodar a Jehan empujándolo con el pie hasta una de esas almohadas de pobre que la providencia tiene dispuestas junto a todos los guardacantones de París y que los ricos denigran aplicándoles el despreciativo nombre de «montón de inmundicias». El capitán colocó la cabeza de Jehan sobre un plano inclinado de tronchos de col y en ese mismo instante el estudiante se puso a roncar en un magnífico tono de bajo. Sin embargo, el rencor aún no se había extinguido del todo del corazón del capitán.

—¡Ojalá te recoja la carreta del diablo! —le dijo al pobre clérigo dormido, y se alejó.

El hombre de la capa, que no había dejado de seguirlos, se detuvo un momento ante el estudiante tendido, como indeciso; luego, exhalando un profundo suspiro, se alejó también tras los pasos del capitán.

Dejaremos a Jehan dormir, como ellos, bajo la mirada benevolente de las estrellas, y, si al lector le parece bien, seguiremos nosotros también a los otros dos.

Al desembocar en la calle Saint-André-des-Arcs, el capitán Phoebus se dio cuenta de que alguien lo seguía. Vio, al volver casualmente la vista, una especie de sombra que avanzaba tras él pegado a la pared. Se detuvo; ella se detuvo. Echó de nuevo a andar; la sombra echó de nuevo a andar. Aquello no lo inquietó demasiado. «¡Bah! —se dijo para sus adentros—. ¡No llevo ni blanca!»


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