Nuestra Señora de París

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Ante la fachada del colegio de Autun hizo una parada. En ese colegio había iniciado lo que él llamaba sus estudios y, por una costumbre de estudiante guasón que había conservado, no pasaba nunca por delante del edificio sin infligir a la estatua del cardenal Pierre Bertrand, erigida a la derecha de la puerta, esa especie de afrenta de la que tan amargamente se queja Príapo en la sátira de Horacio Olim truncus eram ficulnus.[110] Y se había ensañado tanto que la inscripción Eduensis episcopus[111] estaba prácticamente borrada. Se detuvo, pues, ante la estatua, como tenía por costumbre hacer. La calle estaba completamente desierta. En el momento en que se ataba despreocupadamente los cordones, vio que la sombra se acercaba a él a paso lento, tan lento que tuvo tiempo de observar que llevaba capa y sombrero. Cuando llegó junto a él, se detuvo y se quedó más inmóvil que la estatua del cardenal Bertrand, clavando en Phoebus unos ojos inundados de esa luz imprecisa que despide de noche la mirada de un gato.

El capitán era valiente y no se habría arredrado ante un ladrón que empuñara un estoque. Pero aquella estatua que andaba, aquel hombre petrificado, le heló la sangre. Corrían a la sazón por ahí no sé qué historias de un monje errante que vagaba de noche por las calles de París, las cuales acudieron confusamente a su memoria. Permaneció unos minutos estupefacto y finalmente rompió el silencio esforzándose en reír.


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