Nuestra Señora de París

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El interior del tugurio no estaba menos deteriorado que ella. Eran unas paredes de yeso, unas vigas negras en el techo, una chimenea destrozada, telarañas por todos los rincones, en el centro un puñado tambaleante de mesas y escabeles cojos, un niño sucio entre las cenizas y, al fondo, una escalera o más bien una escala de madera que conducía a una trampilla abierta en el techo.

Al entrar en aquella madriguera, el misterioso compañero de Phoebus se subió la capa hasta los ojos. Entre tanto el capitán, jurando como un sarraceno, se apresuró «a hacer relucir el sol en un escudo», como dice nuestro admirable Régnier.

—La habitación de Santa Marta —dijo.

La vieja lo trató de monseñor y guardó el escudo en un cajón. Era la moneda que el hombre de la capa negra le había dado a Phoebus. Mientras ella se volvía de espaldas, el niño despeinado y andrajoso que jugaba entre la ceniza se acercó hábilmente al cajón, cogió el escudo y puso en su lugar una hoja seca que había arrancado de un haz de leña.

La vieja indicó a los dos hidalgos, como ella los llamaba, que la siguieran y subió la escala delante de ellos. Al llegar al piso superior, dejó la lámpara sobre un arcón y Phoebus, como cliente de la casa, abrió una puerta que daba a un cuartucho oscuro.

—Entrad ahí, amigo —le dijo a su compañero.


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