Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Vayamos, pues —dijo la sombra.
—A vuestro servicio —dijo el capitán—. No sé si sois micer Diabolus en persona, pero seamos buenos amigos por esta noche. Mañana os pagaré todas mis deudas, las de la bolsa y las de la espada.
Echaron a andar deprisa. Al cabo de unos minutos, el rumor del rÃo les anunció que estaban en el puente Saint-Michel, entonces cargado de casas.
—Primero os acompañaré adentro —le dijo Phoebus a su compañero—. Después iré a buscar a la muchacha, que debe esperarme junto al Petit-Châtelet.
El compañero no contestó. Desde que caminaban juntos, no habÃa dicho nada. Phoebus se detuvo ante una puerta baja y llamó con rudeza. Apareció luz en las rendijas de la puerta.
—¿Quién es? —preguntó una voz desdentada.
—¡Cuerpo de Dios! ¡Vientre de Dios! ¡Voto a Dios! —exclamó el capitán.
La puerta se abrió en el acto y dejó ver a los hombres a una mujer vieja y una vieja lámpara, ambas temblorosas. La mujer, doblada por la cintura, iba vestida con harapos, la cabeza le bailaba, tenÃa unos ojos muy pequeños, llevaba un trapo en la cabeza y estaba toda arrugada, manos, cara y cuello; los labios se le metÃan bajo las encÃas y tenÃa alrededor de la boca mechones de pelos blancos que le daban el aspecto engatusador de un gato.