Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Señor —contestó Phoebus con cierta incomodidad—, muchas gracias por vuestra cortesÃa. Realmente tendremos tiempo de sobra para acribillarnos de aberturas y ojales el jubón de nuestro padre Adán. Os estoy agradecido por permitirme pasar un rato agradable. Esperaba tumbaros en el arroyo y todavÃa llegar a tiempo para estar con la joven, tanto más cuanto que es de buen tono hacer esperar un poco a las mujeres en tales casos. Pero tenéis el aspecto de un toro y es más seguro dejar el lance para mañana. Voy, pues, a mi cita. Es a las siete, como sabéis. —Phoebus se rascó una oreja—. ¡Ah! ¡Cuernos! ¡Se me olvidaba! No tengo ni un sueldo para pagar la zahúrda y la vieja querrá cobrar por adelantado. No se fÃa de mÃ.
—Aquà tenéis con qué pagar.
Phoebus notó la frÃa mano del desconocido poniendo en la suya una moneda grande. No pudo evitar aceptar aquel dinero y estrechar aquella mano.
—¡Vive Dios! —exclamó—. ¡Sois un buen hombre!
—Una condición os pongo —dijo el hombre—. Demostradme que yo estaba en un error y que vos decÃais la verdad. Escondedme en algún rincón desde donde pueda ver si esa mujer es realmente la que responde al nombre que habéis dicho.
—¡Ah, muy bien! —contestó Phoebus—. No me importa. Cogeremos la habitación de Santa Marta. Podréis ver tranquilamente desde la perrera que está al lado.