Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ah!, ¿conque esas tenemos? —balbució con una voz ahogada por la rabia. Desenfundó la espada y, tartamudeando, pues la cólera hace temblar igual que el miedo, añadió—: ¡AquÃ! ¡Ahora mismo! ¡Vamos! ¡Las espadas! ¡Las espadas! ¡Sangre sobre el empedrado!
El otro, sin embargo, no se movÃa. Al ver a su adversario en guardia y presto a combatir, dijo con una voz vibrante de amargura:
—Capitán Phoebus, olvidáis vuestra cita.
Los arrebatos de los hombres como Phoebus son sopas de leche que dejan de hervir con tan solo echar una gota de agua frÃa. Aquella simple frase hizo bajar la espada que refulgÃa en la mano del capitán.
—Capitán —prosiguió el hombre—, mañana, pasado mañana, dentro de un mes, dentro de diez años me encontraréis dispuesto a cortaros el cuello, pero primero acudid a vuestra cita.
—En efecto —dijo Phoebus, como si tratara de capitular consigo mismo—, una espada y una mujer son dos cosas seductoras para citarse con ellas, pero no veo por qué habrÃa de privarme de la una por la otra, cuando puedo tener las dos.
Y envainó la espada.
—Acudid a vuestra cita —repitió el desconocido.