Nuestra Señora de París

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Mientras hablaba en estos términos, se agarraba con sus hermosos brazos del cuello del oficial, lo miraba de abajo arriba suplicante y con una hermosa sonrisa en medio de las lágrimas, frotaba su delicado pecho contra el jubón de paño y los ásperos bordados. Doblaba sobre sus rodillas su bello cuerpo medio desnudo. El capitán, embriagado, pegó sus labios ardientes a aquellos hermosos hombros africanos. La muchacha, con la mirada perdida en el techo, echada hacia atrás, se estremecía palpitante bajo aquel beso.

De pronto, por encima de la cabeza de Phoebus, vio otra cabeza, un rostro lívido, verdoso, convulso, con una mirada de condenado. Junto a ese rostro había una mano que sostenía un puñal. Eran el rostro y la mano del sacerdote. Había roto la puerta y estaba allí. Phoebus no podía verlo. La muchacha permaneció inmóvil, helada, muda ante la horrenda aparición, como una paloma que levantara la cabeza en el momento en que un gavilán mira su nido con sus ojos redondos.

Ni siquiera pudo proferir un grito. Vio que el puñal descendía sobre Phoebus y se elevaba humeante.

—¡Maldición! —dijo el capitán, y se desplomó.

Ella perdió el sentido.

En el momento en que sus ojos se cerraban, en que todo sentimiento se dispersaba en ella, creyó notar en sus labios un contacto de fuego, un beso más abrasador que el hierro candente del verdugo.


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