Nuestra Señora de París

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—¡Que no te quiero! —exclamó la pobre y desventurada criatura, al tiempo que se abrazaba al capitán y le hacía sentarse a su lado—. ¡Que no te quiero, Phoebus! ¿Dices eso, malvado, para desgarrarme el corazón? ¡Vamos! ¡Tómame! ¡Toma todo! Haz lo que quieras de mí. Soy tuya. ¡Qué me importa el amuleto! ¡Qué me importa mi madre! ¡Eres tú mi madre, puesto que te quiero! Phoebus, mi bienamado Phoebus, ¿me ves? Soy yo, mírame. Soy esa muchacha a la que no quieres rechazar, que viene ella misma a buscarte. Mi alma, mi vida, mi cuerpo, mi persona, todo eso es una sola cosa que es vuestra, capitán. No nos casemos, no, si eso te molesta. Además, ¿quién soy yo? Una miserable muchacha del arroyo, mientras que tú, Phoebus, tú eres un hidalgo. ¡Valiente ocurrencia! ¡Una bailarina casarse con un oficial! ¡Estaba loca! No, Phoebus, no, seré tu amante, tu diversión, tu placer, cuando quieras, una muchacha que será tuya, estoy hecha para eso. Mancillada, despreciada, deshonrada, ¡qué importa eso!, pero amada. Seré la más orgullosa y alegre de las mujeres. Y cuando sea vieja y fea, Phoebus, cuando ya no sirva para amaros, señor, seguiréis teniéndome para serviros. Otras os bordarán pañuelos. Yo, la criada, me ocuparé de su cuidado. Me dejaréis bruñir vuestras espuelas, cepillar vuestra casaca, limpiar vuestras botas de montar. ¿Verdad, Phoebus, que os compadeceréis de mí? Mientras tanto, ¡tómame! ¡Ten, Phoebus, todo esto te pertenece! ¡Simplemente, ámame! Nosotras, las egipcias, solo necesitamos eso: aire y amor.


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