Nuestra Señora de París

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—Sí, monseñor —respondió ella—. La he encontrado. Aquí está.

Un ujier le pasó la hoja seca al cocodrilo, que hizo un ademán lúgubre con la cabeza y se la pasó al presidente, el cual se la pasó al procurador del rey en la jurisdicción eclesiástica, de manera que dio la vuelta a la sala.

—Es una hoja de abedul —dijo maese Jacques Charmolue—. Otra prueba de magia.

Un consejero tomó la palabra.

—Testigo, dos hombres subieron a la vez a vuestra casa. El hombre de negro, al que visteis primero desaparecer y luego nadar en el Sena con ropas de sacerdote, y el oficial. ¿Cuál de los dos os dio el escudo?

La vieja estuvo pensando un momento y dijo:

—Fue el oficial.

Un rumor corrió entre el público. «¡Ah! —pensó Gringoire—. En ese caso, ya no estoy tan seguro.»

Sin embargo, maese Philippe Lheulier, el abogado extraordinario del rey, intervino de nuevo:


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