Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La vieja se calló. Un murmullo de horror circuló por el auditorio.
—El fantasma, el chivo… todo esto huele a magia —dijo un vecino de Gringoire.
—¡Y la hoja seca! —añadió otro.
—No hay duda —intervino un tercero—, es una bruja que tiene tratos con el monje errante para desvalijar a los oficiales.
El propio Gringoire no se hallaba muy lejos de encontrar todo aquello horrible y verosÃmil.
—Mujer Falourdel —dijo el presidente con majestad—, ¿no tenéis nada más que decir a la justicia?
—No, monseñor —respondió la vieja—, salvo que en el atestado trataron mi casa de casucha vieja y apestosa, lo que es hablar de manera ofensiva. Las casas del puente no tienen muy buen aspecto porque hay mucha gente del pueblo, pero asà y todo allà viven los carniceros, que son ricos y están casados con guapas mujeres muy limpias.
El magistrado que a Gringoire le habÃa parecido que tenÃa aspecto de cocodrilo se levantó.
—¡Paz! —dijo—. Ruego a sus señorÃas que no pierdan de vista que se encontró un puñal sobre la acusada. Mujer Falourdel, ¿habéis traÃdo esa hoja seca en que se transformó el escudo que os habÃa dado el demonio?