Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —Señores —decía, en medio de la sala, una vieja cuyo rostro desaparecía de tal modo bajo la vestimenta que parecía un montón de andrajos caminando—, la cosa es tan cierta como cierto es que yo soy la Falourdel, establecida desde hace cuarenta años en el puente Saint-Michel, y puntual pagadora de rentas, laudemios y censos, en la puerta de enfrente de la casa de Tassin-Caillart, el tintorero, que está en el lado de arriba del río… ¡Una pobre vieja ahora, una bonita muchacha en otros tiempos, señores! Llevaban unos días diciéndome: «Falourdel, no hiléis demasiado por la noche, que al diablo le gusta peinar con sus cuernos la husada de las viejas. Mirad que el monje errante, que andaba el año pasado por la parte del Temple, merodea ahora por la Cité. Id con cuidado, Falourdel, no vaya a llamar a vuestra puerta…» Una noche estaba hilando con mi rueca cuando llaman a la puerta. Pregunto quién es. Reniegan. Abro. Entran dos hombres. Uno de negro y un apuesto oficial. Al de negro solo se le veían los ojos, dos brasas. Todo lo demás era capa y sombrero. Y esto es lo que me dicen: «La habitación de Santa Marta». «Es la habitación de arriba, señores, la más limpia.» Me dan un escudo. Yo guardo el escudo en un cajón y me digo: «Con esto compraré mañana unos callos en el matadero de la Gloriette». Subimos. Ya en la habitación de arriba, mientras yo estoy de espaldas, el hombre de negro desaparece. Eso me sorprende un poco. El oficial, que tenía la apostura de un gran señor, baja conmigo. Sale de la casa. En el tiempo que tardo en hilar un cuarto de madeja, vuelve con una hermosa muchacha, una muñeca que habría brillado como el sol si hubiera estado peinada. Llevaba con ella un chivo, uno grande, negro o blanco, no me acuerdo. Eso me da que pensar. La chica, eso no es asunto mío, ¡pero el chivo…! No me gustan esos animales, tienen barba y cuernos. Se parecen a los hombres. Y además, huelen a sábado. Sin embargo, no digo nada. Tenía el escudo. Es justo, ¿no, señor juez? Acompaño a la chica y al capitán a la habitación de arriba y los dejo solos, bueno, con el chivo. Bajo y me pongo otra vez a hilar… Debo deciros que mi casa tiene planta baja y un piso, la parte trasera da al río, como las demás casas del puente, y la ventana de la planta baja y la del piso quedan sobre el agua… Bien, pues estaba hilando. No sé por qué, pensaba en ese monje errante que el chivo me había hecho recordar, y además, la chica iba arreglada de una forma un poco rara. De repente oigo un grito arriba y el ruido de algo que cae al suelo, y que la ventana se abre. Corro hacia la mía, que está debajo, y veo pasar ante mis ojos una masa negra que cae al agua. Era un fantasma vestido de sacerdote. Había luna llena. Lo vi muy bien. Nadaba hacia la Cité. Entonces, temblando, llamo a la guardia. Esos señores de la docena entran y, de buenas a primeras, sin saber de qué se trataba, como estaban contentos, me pegan. Les explico lo que pasa. Subimos y ¿qué encontramos? Mi pobre habitación toda manchada de sangre, el capitán tendido todo lo largo que es con un puñal en el cuello, la muchacha haciéndose la muerta y el chivo asustado. «Bueno», dije, «me pasaré más de quince días limpiando el suelo. Habrá que raspar, será terrible.» Se llevaron al oficial, ¡pobre muchacho!, y a la chica toda despechugada… ¡Esperad! Lo peor es que al día siguiente, cuando fui a coger el escudo para comprar los callos, encontré una hoja seca en su lugar.