Nuestra Señora de París

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—Recuerdo a sus señorías que en la deposición escrita a la cabecera de su cama, el oficial asesinado, al declarar que había pensado vagamente, en el momento en que el hombre de negro lo había abordado, que podría ser muy bien el monje errante, añadía que el fantasma le había instado vivamente a que fuera a encontrarse con la acusada, y, ante la observación de él, el capitán, de que no tenía dinero, le había dado el escudo con el que el mencionado oficial pagó a la Falourdel. Así pues, el escudo es una moneda del infierno.

Esta observación concluyente pareció disipar todas las dudas de Gringoire y de los demás escépticos del auditorio.

—Sus señorías tienen el expediente —añadió el abogado del rey sentándose—. Pueden consultar la declaración del capitán Phoebus de Châteaupers.

Al oír este nombre, la acusada se levantó. Su cabeza sobresalió entre la multitud. Gringoire, aterrado, reconoció a Esmeralda.

Estaba pálida. Sus cabellos, antes tan graciosamente trenzados y adornados con cequíes, caían en desorden; sus labios estaban amoratados; sus ojos hundidos daban miedo.

—¡Phoebus! —dijo, desorientada—, ¿dónde está? ¡Señorías, antes de matarme, decidme, por favor, si todavía vive!

—Callaos, mujer —ordenó el presidente—. Ese no es el asunto que ahora nos ocupa.


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