Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Por piedad! ¡Decidme si está vivo! —insistió ella, juntando sus bellas manos enflaquecidas, y al moverlas se oÃa el roce de las cadenas con su vestido.
—¡Está bien! —dijo secamente el abogado del rey—. Se está muriendo. ¿Ya estáis contenta?
La desdichada cayó sobre su asiento, sin voz, sin lágrimas, blanca como una figura de cera.
El presidente se inclinó hacia un hombre situado a sus pies, que llevaba un bonete dorado y una toga negra, una cadena en el cuello y una vara en la mano.
—Ujier, haced pasar a la segunda acusada.
Todas las miradas se volvieron hacia una pequeña puerta que se abrió y, para gran emoción de Gringoire, dejó paso a una bonita cabra con los cuernos y las pezuñas dorados. El elegante animal se detuvo un momento en el umbral estirando el cuello, como si, encaramado en una roca, tuviera ante los ojos un inmenso horizonte. De pronto vio a la gitana y, saltando por encima de la mesa y de la cabeza de un escribano, en dos brincos estuvo junto a ella. Después se tumbó graciosamente sobre los pies de su ama en demanda de una palabra o de una caricia; pero la acusada permaneció inmóvil y la pobre Djali no recibió ni siquiera una mirada.
—¡Ah, es ese horrible animal! —dijo la vieja Falourdel—. ¡Los reconozco muy bien a los dos!
—Si vuestras señorÃas tienen a bien —intervino Jacques Charmolue—, procederemos a interrogar a la cabra.