Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Era ella, en efecto, la segunda acusada. Nada más sencillo en aquellos tiempos que incoar un proceso de brujerÃa contra un animal. Encontramos, entre otros, en las cuentas del prebostazgo de 1466, un curioso detalle de los gastos del proceso de Gillet-Soulart y de su cerda, «ejecutados por sus faltas», en Corbeil. Allà figura todo, el coste de la fosa para meter a la cerda, los quinientos haces de leña recogidos en el puerto de Morsant, las tres pintas de vino y el pan, última comida del condenado fraternalmente compartida por el verdugo, hasta los once dÃas de cuidar y alimentar a la cerda a ocho dineros parisienses por dÃa. Algunas veces incluso se iba más allá de los animales. Las capitulares de Carlomagno y de Luis el Piadoso infligen graves penas a los fantasmas inflamados que osaran aparecer en el aire.
Entre tanto, el procurador en la jurisdicción eclesiástica decÃa:
—Si el demonio que posee a esta cabra y que se ha resistido a todos los exorcismos persiste en sus maleficios, si asusta al tribunal, le advertimos que nos veremos obligados a pedir para él la horca o la hoguera.
Gringoire sintió un sudor frÃo. Charmolue cogió de una mesa la pandereta de la gitana y, presentándosela de determinada manera a la cabra, le preguntó:
—¿Qué hora es?