Nuestra Señora de París

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La cabra lo miró con ojos inteligentes, levantó su patita dorada y dio siete golpes. Eran, en efecto, las siete. Una reacción de pánico recorrió la multitud.

Gringoire no pudo contenerse.

—¡Está perdida! —exclamó en voz alta—. ¡Es evidente que no sabe lo que hace!

—¡Silencio a los villanos del fondo de la sala! —dijo en tono agrio el ujier.

Jacques Charmolue, con ayuda de la pandereta, mandó hacer a la cabra otras cosas relativas al día, el mes del año, etcétera, de las que el lector ya ha sido testigo. Y, por efecto de una ilusión óptica propia de los debates judiciales, aquellos mismos espectadores que quizá habían aplaudido más de una vez en la calle las inocentes travesuras de Djali, se sintieron horrorizados bajo las bóvedas del Palacio de Justicia. Decididamente, la cabra era el diablo.

Todavía fue peor cuando, después de que el procurador del rey hubiera vaciado en el suelo una bolsita de cuero llena de letras sueltas que Djali llevaba en el cuello, vieron a la cabra apartar del alfabeto esparcido, con la pata, las letras que formaban este nombre fatal: «Phoebus». Los sortilegios de que el capitán había sido víctima parecieron irrefutablemente demostrados y, a los ojos de todos, la gitana, aquella arrebatadora bailarina que tantas veces había deslumbrado a los transeúntes con su gracia, ya no fue más que una terrible estrige.


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