Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Por lo demás, ella no daba ningún signo de vida. Ni las graciosas evoluciones de Djali, ni las amenazas del tribunal, ni las sordas imprecaciones del auditorio, nada llegaba a su pensamiento.
Fue preciso, para sacarla de su postración, que un alguacil la zarandease sin piedad y que el presidente elevara solemnemente la voz:
—Muchacha, sois de raza bohemia, dedicada a los maleficios. En complicidad con la cabra embrujada implicada en el proceso, la noche del veintinueve de marzo pasado heristeis y apuñalasteis, de acuerdo con los poderes de las tinieblas y utilizando encantamientos y prácticas, a un capitán de los arqueros de la ordenanza del rey, Phoebus de Châteaupers. ¿PersistÃs en negarlo?
—¡Horror! —gritó la joven, tapándose el rostro con las manos—. ¡Mi Phoebus! ¡Oh! ¡Esto es el infierno!
—¿PersistÃs en negarlo? —preguntó con frialdad el presidente.
—¡SÃ, lo niego! —dijo ella en un tono terrible.
Se habÃa levantado y sus ojos centelleaban.
El presidente continuó resueltamente:
—Entonces, ¿cómo explicáis los hechos que se os imputan?
Ella respondió con voz entrecortada: