Nuestra Señora de París

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—Ya lo he dicho. No lo sé. Fue un sacerdote. Un sacerdote al que no conozco. ¡Un sacerdote infernal que me persigue!

—Exacto —dijo el juez—. El monje errante.

—¡Oh, señorías, tened compasión! No soy más que una pobre muchacha…

—De Egipto —añadió el juez.

Maese Jacques Charmolue tomó la palabra para decir con afabilidad:

—Dada la dolorosa obstinación de la acusada, solicito la aplicación de la tortura.

—Concedido —dijo el presidente.

La desventurada se estremeció de la cabeza a los pies. No obstante, se levantó al ordenárselo los partesaneros y caminó con paso bastante firme entre dos filas de alabarderos, precedida de Charmolue y de los sacerdotes del provisorato, hacia una puerta secreta que se abrió súbitamente y se cerró de nuevo a su espalda, lo que a Gringoire le produjo el efecto de una horrible boca que acababa de devorarla.

Cuando desapareció, se oyó un balido quejumbroso. Era la cabrita que lloraba.


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