Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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2 Continuación del escudo transformado en hoja seca

Después de subir y bajar varios escalones en unos pasillos tan oscuros que debían iluminarlos con lámparas en pleno día, Esmeralda, rodeada aún por su lúgubre cortejo, fue empujada por los alguaciles del palacio hacia el interior de una sala siniestra. Esta sala, de forma redonda, ocupaba la planta baja de una de esas grandes torres que todavía hoy, en nuestro siglo, traspasan la capa de edificios modernos con que el nuevo París ha cubierto al antiguo. No había ventanas en aquel sótano, ni más aberturas que la entrada, baja y con una gruesa puerta de hierro. Claridad, sin embargo, no faltaba. Había, empotrado en la pared, un horno en cuyo interior ardía un gran fuego que llenaba el sótano de reflejos rojizos y despojaba de todo resplandor una miserable vela encendida en un rincón. Del rastrillo de hierro que servía para cerrar el horno, levantado en aquel momento, solo se veía, en la abertura que resplandecía en la pared tenebrosa, el extremo inferior de sus barrotes, como una hilera de dientes negros, agudos y espaciados, lo que hacía pensar en un dragón de leyenda que lanza llamaradas por la boca. A la luz que despedía el horno, la prisionera vio alrededor de la sala unos instrumentos horribles cuyo uso no comprendía. En el centro, casi tocando el suelo, había un colchón de cuero sobre el que pendía una correa con hebilla, sujeta a una argolla de cobre mordida por un monstruo desnarigado esculpido en la clave de la bóveda. Tenazas, pinzas y anchas rejas de arado se amontonaban en el interior del horno y se ponían al rojo sobre las brasas. El sangriento resplandor del horno no iluminaba en toda la sala más que cosas horribles.


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