Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Aquel infierno se llamaba simplemente «la cámara de torturas».
En la cama estaba despreocupadamente sentado Pierrat Torterue, el torturador jurado. Sus ayudantes, dos enanos de cara cuadrada, con delantal de cuero sujeto con cintas de lona, removÃan los hierros sobre los tizones.
Aunque la pobre muchacha habÃa recobrado el valor, al entrar en aquella sala se quedó horrorizada.
Los alguaciles del baile del palacio se colocaron a un lado, los clérigos del provisorato al otro. Un escribano, una escribanÃa y una mesa estaban en un rincón.
Maese Jacques Charmolue se acercó a la egipcia sonriendo con exagerada afabilidad.
—Mi querida niña —dijo—, ¿persistÃs en negar?
—Sà —respondió ella con voz apagada.
—En tal caso —prosiguió Charmolue—, será muy doloroso para nosotros interrogaros con más insistencia de la que quisiéramos. Tened la bondad de sentaros en esta cama. Maese Pierrat, dejad sitio a la señorita y cerrad la puerta.
Pierrat se levantó soltando un gruñido.
—Si cierro la puerta, el fuego se apagará.
—Siendo asÃ, amigo —repuso Charmolue—, dejadla abierta.