Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Esmeralda, sin embargo, permanecía de pie. Aquella cama de cuero en la que se habían retorcido tantos miserables la espantaba. El terror le helaba la médula de los huesos. Así que estaba allí, aterrada y aturdida. Obedeciendo a una señal de Charmolue, los dos ayudantes la cogieron y la sentaron en la cama. No le hicieron ningún daño, pero cuando esos hombres la tocaron, cuando ese cuero la tocó, sintió que toda su sangre refluía hacia el corazón. Dirigió una mirada extraviada alrededor de la sala. Le pareció ver que se movían y caminaban desde todas partes hacia ella, para subir por su cuerpo y morderla y pincharla, todos aquellos deformes útiles de tortura, que eran, entre los instrumentos de toda clase que ella había visto hasta entonces, lo que son los murciélagos, los ciempiés y las arañas entre los insectos y los pájaros.
—¿Dónde está el médico? —preguntó Charmolue.
—Aquí —respondió un ropón negro que ella aún no había visto.
Esmeralda se estremeció.
—Señorita —prosiguió la voz acariciadora del procurador en la jurisdicción eclesiástica—, por tercera vez, ¿persistís en negar los hechos de los que se os acusa?
Esta vez no pudo hacer más que una señal con la cabeza. No le salió la voz.