Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿PersistÃs? —dijo Jacques Charmolue—. Entonces, lo siento mucho, pero debo cumplir con el deber que mi cargo exige.
—Señor procurador del rey —dijo bruscamente Pierrat—, ¿por dónde empezamos?
Charmolue dudó un instante con la expresión ambigua de un poeta que busca una rima.
—Por el borceguà —respondió por fin.
La desventurada se sintió tan profundamente abandonada por Dios y por los hombres que su cabeza cayó sobre el pecho como algo inerte sin ninguna fuerza propia.
El torturador y el médico se acercaron a ella a la vez. Al mismo tiempo, los dos ayudantes se pusieron a rebuscar en su repugnante arsenal.
Al oÃr el ruido de aquellos horribles hierros, la desdichada criatura tembló como una rana muerta a la que galvanizan.
—¡Oh! —suspiró, tan bajo que no se oyó—. ¡Oh, Phoebus!
Inmediatamente volvió a encerrarse en su inmovilidad y en su pétreo silencio.