Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Aquel espectáculo habrÃa desgarrado el corazón de cualquiera salvo el de los jueces. ParecÃa una pobre alma pecadora interrogada por Satán ante la puerta escarlata del infierno. El miserable cuerpo al que iba a aferrarse aquel espantoso hormiguero de sierras, ruedas y caballetes, el ser que iban a manipular las rasposas manos de verdugos y tenazas, era aquella dulce, blanca y frágil criatura. ¡Pobre grano de mijo que la justicia humana daba a las espantosas muelas de la tortura para que lo trituraran!
Mientras, las manos callosas de los ayudantes de Pierrat Torterue habÃan descubierto brutalmente aquella pierna encantadora y aquel pequeño pie que tantas veces habÃan maravillado a los transeúntes con su gracia y su belleza en las calles de ParÃs.
—¡Qué lástima! —masculló el torturador contemplando aquellas formas tan graciosas y delicadas.
Si el arcediano hubiera estado presente, sin duda habrÃa recordado en ese momento su sÃmbolo de la araña y la mosca.
La desdichada no tardó en ver acercarse, a través de una nube que se extendÃa sobre sus ojos, el «borceguû, no tardó en ver desaparecer su pie, aprisionado entre los hierros, dentro de aquel pavoroso aparato. Entonces el terror le devolvió la fuerza.
—¡Quitadme eso! —gritó, enfurecida. E incorporándose totalmente desmelenada, exclamó—: ¡Piedad!