Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Se levantó de la cama para arrojarse a los pies del procurador del rey, pero su pierna estaba atrapada en el pesado bloque de roble y hierros y se desplomó sobre el borceguÃ, más destrozada que una abeja con plomo en las alas.
A una señal de Charmolue, la colocaron de nuevo en la cama y dos grandes manos abrocharon a su fina cintura la correa que colgaba de la bóveda.
—Por última vez, ¿confesáis los hechos de la causa? —preguntó Charmolue con su imperturbable benignidad.
—Soy inocente.
—Entonces, ¿cómo explicáis las circunstancias que os inculpan?
—Desgraciadamente, señorÃa, no lo sé.
—¿Lo negáis, pues?
—¡Todo!
—Adelante —dijo Charmolue a Pierrat.
Pierrat hizo girar la llave del mecanismo, el borceguà se cerró y la desdichada profirió uno de esos horribles gritos que no tienen ortografÃa en ninguna lengua humana.
—Deteneos —dijo Charmolue a Pierrat—. ¿Confesáis? —le preguntó a la egipcia.
—¡Todo! —gritó la miserable muchacha—. ¡Confieso! ¡Confieso! ¡Piedad!