Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs No habÃa calculado sus fuerzas al enfrentarse a la tortura. ¡Pobre niña, cuya vida habÃa sido hasta entonces tan alegre, tan suave, tan dulce! ¡El primer dolor la habÃa vencido!
—La humanidad me obliga a deciros —observó el procurador del rey— que, al confesar, lo que os espera es la muerte.
—¡En ello confÃo! —dijo la egipcia, y cayó sobre la cama de cuero, moribunda, doblada en dos, dejándose colgar de la correa abrochada en su pecho.
—Arriba, encanto, sosteneos un poco —dijo maese Pierrat, levantándola—. Parecéis el cordero de oro que lleva colgado del cuello el señor de Borgoña.
Jacques Charmolue levantó la voz:
—Escribano, anotad. Joven gitana, ¿confesáis vuestra participación en los ágapes, aquelarres y maleficios del infierno, con las larvas, las máscaras y las estriges? Responded.
—Sà —dijo ella, tan bajo que la palabra se perdÃa en su aliento.
—¿Confesáis haber visto al macho cabrÃo que Belcebú hace aparecer en las nubes para convocar el aquelarre y que solo ven los brujos?
—SÃ.
—¿Confesáis haber adorado las cabezas de Baphomet, esos abominables Ãdolos de los templarios?