Nuestra Señora de París

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—Sí.

—¿Y haber tenido comercio habitual con el diablo en forma de una cabra familiar, incluida en el proceso?

—Sí.

—Por último, ¿confesáis haber herido y asesinado, con la ayuda del demonio y del fantasma vulgarmente llamado el monje errante, en la noche del veintinueve de marzo pasado, a un capitán llamado Phoebus de Châteaupers?

Esmeralda levantó sus grandes ojos hacia el magistrado y, con la mirada perdida, respondió como maquinalmente, sin convulsiones ni estremecimientos:

—Sí.

Era evidente que estaba destrozada.

—Anotad, escribano —dijo Charmolue. Y dirigiéndose a los torturadores, añadió—: Que desaten a la prisionera y la lleven a la audiencia.

Cuando «descalzaron» a la prisionera, el procurador en la jurisdicción eclesiástica examinó su pie todavía inflamado.

—¡Vamos, no está muy dañado! —dijo—. Habéis gritado a tiempo. Todavía podríais bailar, jovencita.

Después se volvió hacia sus acólitos del provisorato:

—¡Por fin la justicia iluminada! Es un alivio, señores. La señorita atestiguará que hemos actuado con toda la delicadeza posible.


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