Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando entró de nuevo, pálida y cojeando, en la sala de audiencias, un murmullo general de placer la acogió. Por parte del auditorio, era ese sentimiento de impaciencia satisfecha que se experimenta en el teatro al acabar el último entreacto de la obra, cuando por fin el telón vuelve a levantarse y va a comenzar el final. Por parte de los jueces, era la esperanza de cenar muy pronto. La cabrita también baló de alegría. Intentó salir al encuentro de su ama, pero la habían atado al banco.
Había anochecido del todo. Las velas, cuyo número no habían aumentado, daban tan poca luz que no se veían las paredes de la sala. Las tinieblas envolvían todos los objetos en una suerte de bruma. A duras penas se distinguían algunas caras apáticas de jueces. Frente a ellos, en el otro extremo de la larga sala, podían ver un punto de vaga blancura recortarse sobre el fondo oscuro. Era la acusada.
Había llegado hasta su sitio arrastrándose. Cuando Charmolue se hubo instalado magistralmente en el suyo, se sentó, luego se levantó y dijo, sin dejar traslucir demasiada vanidad por su éxito:
—La acusada lo ha confesado todo.