Nuestra Señora de París

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Cuando volvió a abrirlos, la puerta estaba cerrada, el farol descansaba sobre un peldaño de la escalera y un hombre, solo, se hallaba de pie ante ella. Una cogulla negra le caía hasta los pies y una capucha del mismo color le tapaba el rostro. No se veía nada de su persona, ni su cara ni sus manos. Era un largo sudario negro que se sostenía en pie y bajo el cual parecía moverse algo. Ella miró fijamente durante unos minutos a aquella especie de espectro, pero ninguno de los dos hablaba. Se habría dicho que eran dos estatuas una frente a otra. Tan solo dos cosas parecían vivir en el sótano: la mecha de la linterna, que chisporroteaba a causa de la humedad de la atmósfera, y la gota de agua de la bóveda, que cortaba aquella crepitación irregular con su chapoteo monótono y hacía temblar la luz de la linterna en reflejos concéntricos sobre el agua aceitosa de la charca.

Finalmente la prisionera rompió el silencio:

—¿Quién sois?

—Un sacerdote.

La palabra, el acento, el sonido de la voz la hicieron estremecerse.

El sacerdote continuó articulando sordamente:

—¿Estáis preparada?

—¿Para qué?

—Para morir.


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