Nuestra Señora de París

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—¡Oh! —dijo ella—. ¿Será pronto?

—Mañana.

Su cabeza, que se había levantado con alegría, volvió a caer sobre su pecho.

—¡Falta aún demasiado! —murmuró—. ¿No les daba igual hoy?

—¿Tan desgraciada sois? —preguntó el sacerdote tras un silencio.

—Tengo mucho frío —respondió ella.

Se cogió los pies con las manos, gesto habitual en los desdichados que tienen frío y que ya vimos hacer a la reclusa de la Tour-Roland, y se oyó un castañeteo de dientes.

El sacerdote pareció recorrer el calabozo con la mirada por debajo de la capucha.

—Sin luz, sin fuego, sin agua… ¡Es horrible!

—Sí —respondió ella con la expresión de asombro que la desgracia había pintado en su semblante—. El día es de todos. ¿Por qué solo me dan noche?

—¿Sabéis por qué estáis aquí? —preguntó el sacerdote tras un nuevo silencio.

—Creo que lo sabía —dijo, pasándose los dedos por las cejas como para estimular su memoria—, pero ya no lo sé.

De pronto se echó a llorar como un niño.


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