Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Quisiera salir de aquí, señor. Tengo frío, tengo miedo, y aquí hay bichos que me suben por el cuerpo.

—De acuerdo, venid.

Al decir esto, el sacerdote la cogió por el brazo. La desventurada estaba helada hasta las entrañas, pero aquella mano le produjo una impresión de frío.

—¡Oh! —murmuró—, es la mano helada de la muerte. ¿Quién sois?

El sacerdote se bajó la capucha. Ella lo miró. Era ese rostro siniestro que la perseguía desde hacía tanto tiempo, esa cabeza de demonio que se le había aparecido en casa de la Falourdel por encima de la cabeza adorada de su Phoebus, esos ojos que había visto brillar por última vez junto a un puñal.






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