Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Aquella aparición, siempre tan fatal para ella y que la había empujado de desgracia en desgracia hasta el suplicio, la sacó de su embotamiento. Le pareció que la especie de velo que había caído sobre su memoria se rasgaba. Todos los detalles de su lúgubre aventura, desde la escena nocturna en casa de la Falourdel hasta su encierro en la Tournelle, acudieron a la vez a su mente, no vagos y confusos como hasta entonces, sino nítidos, crudos, tajantes, palpitantes, terribles. Esos recuerdos medio borrados, y casi anulados por el exceso de sufrimiento, el sombrío rostro que tenía ante sí los reavivó, de la misma manera que la proximidad del fuego hace surgir en el papel blanco las letras invisibles trazadas sobre él con tinta simpática. Le pareció que todas las heridas de su corazón se reabrían y sangraban a la vez.
—¡Ah! —gritó, tapándose los ojos con las manos y temblando convulsivamente—. ¡Es el sacerdote!
Dejó caer los brazos, vencida por el desaliento, y permaneció sentada, con la cabeza gacha, la mirada fija en el suelo, muda y temblando sin parar.
El sacerdote la miraba con los ojos de un milano que durante largo rato ha planeado en círculo, desde lo más alto del cielo, alrededor de una pobre alondra oculta en los trigales, que durante largo rato, en silencio, ha reducido cada vez más esos círculos, y que de golpe se ha abatido sobre su presa como la flecha del rayo y la tiene jadeante entre las garras.