Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Ella se puso a murmurar muy bajo:
—¡Acabad! ¡Acabad! ¡El golpe de gracia!
Y hundÃa la cabeza entre los hombros, aterrorizada, como la oveja que espera el mazazo del carnicero.
—¿Es que os horrorizo? —dijo él por fin.
Ella no respondió.
—¿Os horrorizo? —repitió el sacerdote.
Los labios de la joven se contrajeron como si sonriera.
—Sà —dijo—. El verdugo se burla del condenado. ¡Hace meses que me persigue, que me amenaza, que me aterroriza! ¡Sin él, Dios mÃo, qué feliz era! ¡Ha sido él quien me ha arrojado a este abismo! ¡Cielo santo! Fue él quien mató… ¡Fue él quien lo mató! ¡Mi Phoebus! —Esmeralda estalló en sollozos y, levantando los ojos hacia el sacerdote, añadió—: ¡Miserable! ¿Quién sois? ¿Qué os he hecho? ¿Por qué me odiáis tanto? ¿Qué tenéis contra mÃ?
—¡Te amo! —gritó el clérigo.
Sus lágrimas se detuvieron súbitamente. Lo miró con una mirada de idiota. Él se habÃa puesto de rodillas y la miraba con ojos ardientes.
—¿Me oyes? ¡Te amo! —gritó de nuevo.
—¡Qué amor! —dijo la desdichada, estremeciéndose.