Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —El amor de un condenado.
Los dos permanecieron unos minutos en silencio, abrumados por el peso de sus emociones, él ofuscado, ella idiotizada.
—Escucha —dijo por fin el sacerdote, que habÃa recobrado una calma singular—, ahora lo sabrás todo. Voy a decirte lo que hasta ahora apenas me he atrevido a decirme a mà mismo, cuando interrogaba furtivamente mi conciencia a esas horas profundas de la noche en que hay tantas tinieblas que parece que Dios ya no nos ve. Escucha. Antes de conocerte, muchacha, yo era feliz…
—¡Y yo! —suspiró débilmente la joven.