Nuestra Señora de París

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—No me interrumpas… Sí, era feliz, creía serlo, al menos. Era puro, tenía el alma llena de una claridad límpida. Ninguna cabeza se alzaba más orgullosa y radiante que la mía. Los sacerdotes me consultaban sobre la castidad, los doctores sobre la doctrina. Sí, la ciencia lo era todo para mí. Era una hermana, y una hermana me bastaba. No es que con la edad no me hubieran venido a la mente otros pensamientos. Más de una vez mi carne se había estremecido al ver unas formas de mujer. Esa fuerza del sexo y de la sangre del hombre que, loco adolescente, había creído sofocar para siempre, más de una vez había sacudido convulsivamente la cadena de los votos férreos que me atan, miserable, a las frías piedras del altar. Pero el ayuno, la oración, el estudio y las maceraciones del claustro habían devuelto al alma el dominio del cuerpo. Además, evitaba a las mujeres. Por otra parte, no tenía más que abrir un libro para que todos los impuros vapores de mi cerebro se disiparan ante el esplendor de la ciencia. En pocos minutos, sentía alejarse las cosas vulgares del mundo y me encontraba tranquilo, deslumbrado y sereno en presencia del resplandor apacible de la verdad eterna. Mientras el demonio no envió para atacarme más que vagas sombras de mujeres que pasaban de vez en cuando ante mis ojos, en la iglesia, en las calles, en los campos, y que apenas reaparecían en mis sueños, lo vencí fácilmente. Si no he podido seguir saliendo victorioso, la culpa, ¡ay!, es de Dios, que no ha dotado al hombre y al demonio de fuerzas iguales. Escucha, un día…


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