Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Un dÃa —prosiguió— estaba asomado a la ventana de mi celda… ¿Qué libro leÃa? ¡Oh, todo eso se arremolina en mi cabeza…! En cualquier caso, estaba leyendo. La ventana daba a una plaza. De pronto oà el sonido de una pandereta y música. Molesto por verme interrumpido en mis meditaciones, miré hacia la plaza. Lo que vi, otros también lo veÃan, y sin embargo, no era un espectáculo hecho para los ojos humanos. En medio de la calle…, en pleno mediodÃa… bajo un sol espléndido…, una criatura bailaba. ¡Una criatura tan bella que Dios la habrÃa preferido a la Virgen, y la habrÃa escogido como madre, y habrÃa querido nacer de ella, si ella hubiera existido cuando se hizo hombre! Sus ojos eran negros y espléndidos; en medio de su melena negra, unos cabellos atravesados por el sol amarilleaban como hilos de oro. Sus pies desaparecÃan al moverse como los radios de una rueda que gira deprisa. Alrededor de su cabeza y en sus trenzas negras habÃa unas placas de metal que relucÃan al sol y formaban en su frente una corona de estrellas. Su vestido cuajado de lentejuelas centelleaba, azul y salpicado de mil destellos como una noche de verano. Sus brazos ligeros y morenos se anudaban y desanudaban en torno a su cintura como dos chales. La forma de su cuerpo era de una belleza sorprendente. ¡Oh, aquella resplandeciente figura destacaba como algo luminoso sobre la propia luz del sol…! Aquella muchacha eras tú… Sorprendido, embriagado, hechizado, me quedé mirándote. Te miré tanto que, de repente, me estremecà de terror, me sentà atrapado por el destino.