Nuestra Señora de París

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El sacerdote se detuvo otra vez. Le costaba respirar.

—Ya medio fascinado —prosiguió al cabo de un momento—, intenté agarrarme a algo y frenar mi caída. Recordé las asechanzas que Satán me había tendido anteriormente. La criatura que estaba ante mis ojos poseía esa belleza sobrenatural que solo puede venir del cielo o del infierno. No era una simple muchacha hecha con un poco de barro y débilmente iluminada en su interior por el vacilante rayo de un alma de mujer. ¡Era un ángel! Pero de tinieblas, de llamas y no de luz. En el momento en que pensaba en eso, vi a tu lado una cabra, un animal del aquelarre, que me miraba riendo. El sol del mediodía hacía salir llamas de sus cuernos. Entonces entreví la trampa del demonio y ya no tuve ninguna duda de que venías del infierno y venías para perderme. Lo creí firmemente.

El sacerdote miró a la prisionera a la cara y añadió con frialdad:






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