Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Todavía lo creo… Sin embargo, el hechizo actuaba poco a poco, tu danza se arremolinaba en mi cerebro; sentía cumplirse el misterioso maleficio, todo lo que debería haber estado despierto se adormecía en mi alma, y, como los que mueren en la nieve, encontraba placer en dejarme invadir por ese sueño. De pronto, empezaste a cantar. ¿Qué podía hacer yo, miserable? Tu canto era más seductor todavía que tu danza. Intenté huir. Imposible. Estaba clavado al suelo, enraizado. Me parecía que el mármol de las losas me había subido hasta las rodillas. No pude hacer otra cosa que quedarme hasta el final. Mis pies eran de hielo, la cabeza me hervía. Por fin, quizá te compadeciste de mí, dejaste de cantar y desapareciste. El reflejo de la deslumbrante visión, el eco de la música embrujadora se desvanecieron de forma gradual en mis ojos y en mis oídos. Caí hacia un lado de la ventana, más agarrotado y débil que una estatua arrancada de su pedestal. El toque de vísperas me despertó. Me incorporé, eché a correr, pero había algo en mí que había caído y no podía levantarse, algo que se había producido y de lo que no podía huir.

Hizo otra pausa y prosiguió:




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