Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París »Como no podía librarme de ella, como no dejaba de oír tu canción en mi cabeza, como seguía viendo danzar tus pies en mi breviario, como inevitablemente de noche sentía en sueños que tus formas se deslizaban sobre mi carne, decidí volver a verte, tocarte, saber quién eras, comprobar si me parecerías igual a la imagen ideal que me había quedado de ti, destruir quizá mi sueño con la realidad. En cualquier caso, esperaba que una impresión nueva borrara la primera, pues la primera se me había hecho insoportable. Te busqué. Volví a verte. ¡Qué desgracia! Cuando te hube visto por segunda vez, quise verte mil, quise verte siempre. Desde entonces…, ¿cómo frenar en esa pendiente hacia el infierno…?, desde entonces dejé de ser dueño de mí mismo. El otro extremo del hilo que el demonio me había atado a las alas, lo había anudado a tu pie. Me volví vagabundo y errante como tú. Te esperaba bajo los soportales para verte, te espiaba en las esquinas, te acechaba desde lo alto de mi torre. ¡Cada noche regresaba a mí mismo más hechizado, más desesperado, más embrujado, más perdido!