Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París »Había averiguado que eras egipcia, bohemia, gitana, cíngara, ¿cómo poner en duda que se trataba de magia? Escucha. Confié en que un proceso me liberaría del hechizo. Una bruja había hechizado a Bruno de Ast; él la hizo quemar y sanó. Yo lo sabía. Decidí probar el remedio. Primero intenté que te prohibieran bailar en el atrio de Notre-Dame, esperando olvidarte si no volvías. Pero no hiciste caso. Volviste. Después se me ocurrió raptarte. Una noche lo intenté. Éramos dos. Ya te teníamos cuando apareció ese miserable oficial. Él te rescató. Él desencadenó así tu desgracia, la mía y la suya. Por último, no sabiendo ya qué hacer, te denuncié al provisor.
»Pensaba que sanaría como Bruno de Ast. Pensaba también confusamente que un proceso te dejaría en mis manos, que en una prisión te tendría, serías mía, que allí no podrías escapar de mí, que tú me poseías desde hacía ya suficiente tiempo para que yo te poseyera también. Cuando se hace el mal, hay que hacerlo hasta el fondo. ¡Es absurdo quedarse a medias en lo monstruoso! El crimen extremo tiene delirios de gozo. ¡Un sacerdote y una bruja pueden fundirse en el deleite sobre el montón de paja de una mazmorra!