Nuestra Señora de París

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El sacerdote se revolcaba en el agua del suelo y se golpeaba la cabeza contra los cantos de los peldaños de piedra. La muchacha lo escuchaba, lo miraba.

Cuando se calló, extenuado y jadeante, ella repitió a media voz:

—¡Oh, Phoebus!

El sacerdote se arrastró hacia ella de rodillas.

—¡Te lo suplico! —gritó—. ¡Si tienes entrañas, no me rechaces! ¡Te amo! ¡Soy un miserable! ¡Cuando pronuncias ese nombre, desdichada, es como si triturases con los dientes todas las fibras de mi corazón! ¡Por favor! Si vienes del infierno, voy allí contigo. Lo he hecho todo para ir. ¡El infierno donde estés es mi paraíso, tu visión es más encantadora que la de Dios! Dime, ¿es que no quieres saber nada de mí? El día que una mujer rechace un amor semejante, creeré que las montañas se mueven. ¡Si tú quisieras…! ¡Qué felices podríamos ser! Huiríamos…, yo te facilitaría la huida…, iríamos a algún sitio, buscaríamos el lugar de la tierra donde hay más sol, más árboles, más cielo azul. ¡Nos amaríamos, verteríamos nuestras dos almas la una en la otra, y tendríamos una sed inextinguible de nosotros mismos que calmaríamos en común y sin cesar en esta copa de inagotable amor!

Ella lo interrumpió con una risa terrible y estrepitosa.


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