Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Mirad, padre, tenéis sangre bajo las uñas!
El sacerdote se quedó unos instantes como petrificado, mirándose fijamente las manos.
—¡SÃ, es verdad! —prosiguió por fin con una calma extraña—. ¡Ultrájame, búrlate de mÃ, aplástame, pero ven, ven! Apresurémonos. Está previsto para mañana, te lo repito. El patÃbulo de la Grève, ya sabes, está siempre a punto. ¡Es horrible! ¡Verte avanzar hacia él en esa carreta! ¡Por favor…! Jamás habÃa sentido como ahora hasta qué punto te amo…Ven conmigo. Te tomarás el tiempo que necesites para amarme después de que te haya salvado. Me odiarás todo el tiempo que quieras, pero ven. ¡Es mañana! ¡Mañana! ¡La horca! ¡Tu suplicio! ¡Oh, sálvate! ¡Perdóname!
La agarró de un brazo, estaba trastornado, trató de llevársela.
Ella clavó en él su mirada penetrante.
—¿Qué ha sido de Phoebus?
—¡Ah! —dijo el sacerdote, soltándole el brazo—. ¡Sois despiadada!
—¿Qué ha sido de Phoebus? —repitió ella frÃamente.
—¡Está muerto! —contestó el sacerdote.
—¡Muerto! —dijo ella, todavÃa glacial e inmóvil—. Entonces, ¿por qué me habláis de vivir?