Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Él no la escuchaba.
—¡Oh, sÃ! —decÃa, como hablando consigo mismo—. Debe de estar muerto. La hoja entró muy adentro. Creo que toqué el corazón con la punta. ¡SÃ, mi vida estaba hasta en la punta del puñal!
La joven se abalanzó sobre él como una tigresa furiosa y lo empujó por los peldaños de la escalera con una fuerza sobrenatural.
—¡Vete, monstruo! ¡Vete, asesino! ¡Déjame morir! ¡Que la sangre de los dos, tuya y mÃa, deje en tu frente una mancha eterna! ¿Ser tuya? ¡Jamás! ¡Jamás! ¡Nada nos reunirá, ni el infierno! ¡Vete, maldito! ¡Jamás!
El sacerdote habÃa tropezado en la escalera. Liberó en silencio sus pies de los pliegues del ropón, cogió la linterna y empezó a subir lentamente los peldaños que conducÃan a la puerta. Cuando llegó al final, la abrió y salió.
De pronto la muchacha vio aparecer de nuevo su cabeza. TenÃa una expresión horrible y le gritó con una voz ronca de rabia y desesperación:
—¡Te digo que está muerto!
Ella cayó con la cara contra el suelo y ya no se oyó en el calabozo más ruido que el suspiro de la gota de agua que hacÃa palpitar el charco en las tinieblas.