Nuestra Señora de París

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5 La madre

No creo que haya nada en el mundo más alegre que las ideas que despierta en el corazón de una madre la visión de un zapatito de su hijo. Sobre todo si es un zapato de fiesta, de domingo, del día del bautizo, un zapato bordado hasta bajo la suela, un zapato con el que el niño aún no ha dado un paso. Ese zapato tiene tanta gracia en su pequeñez, le es tan imposible andar que es para la madre como si viera a su hijo. Le sonríe, lo besa, le habla. Se pregunta si efectivamente es posible que un pie sea tan pequeño; y, aunque el niño se halle ausente, basta el bonito zapato para que aparezca ante sus ojos la dulce y frágil criatura. Cree verlo, lo ve, completo, vivo, alegre, con sus delicadas manos, su cabeza redonda, sus labios puros, sus ojos serenos cuyo blanco es azul. Si es invierno, está ahí, gatea sobre la alfombra, se encarama trabajosamente a un taburete, y la madre teme que se acerque al fuego. Si es verano, va de un lado a otro por el patio o el jardín, arranca la hierba de entre las piedras, mira ingenuamente a los perrazos, a los grandes caballos, sin miedo, juega con las conchas, con las flores, y hace refunfuñar al jardinero, que encuentra arena en los macizos y tierra en los paseos. Todo ríe, todo brilla, todo juega a su alrededor como él, hasta el soplo de aire y el rayo de sol que retozan a cuál más y mejor entre los bucles alborotados de su pelo. El zapato le muestra todo eso a la madre y le derrite el corazón como el fuego derrite la cera.


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